El 9 de abril, Argentina conmemora el Día del Pago Igualitario: la fecha que marca cuánto tarda una mujer en ganar lo que un varón cobró en diciembre. En 2026, esa distancia sigue siendo de 98 días y una brecha salarial del 27,6%.
Los números regionales confirman que el problema no es local: según la OIT, las mujeres ganan un 19,8% menos que los hombres por el mismo trabajo, y solo la mitad participa en el mercado laboral.
Pero los datos no cuentan todo. Cocinar, limpiar, cuidar y criar no aparecen en el PBI ni generan aportes jubilatorios, aunque sostienen la economía entera. La brecha salarial es apenas la superficie de una desigualdad más profunda.
Por
Constanza Pipino. Miembro de LIAP. Tesista de la Lic. en Ciencia Política (UNC).
Camila Piscicelli. Miembro del LIAP, Licenciada en Ciencia Política (UBA) y Magister en economía aplicada (UTDT).
Anatomía de una deuda
La fecha no es caprichosa: marca el día del año hasta el cual las mujeres debemos trabajar para ganar lo mismo que los varones ganan en doce meses. En 2026, ese umbral sigue sin desplazarse de manera significativa. La brecha salarial de género ronda el 27,6%, según los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del tercer trimestre de 2025 publicados por INDEC.
Pero leer esta efeméride solo como un problema de «igualdad salarial» es reducir a un dato la desigualdad estructural. La brecha es, sin duda, el resultado visible de una arquitectura económica y política que jerarquiza los cuerpos, distribuye el tiempo de trabajo de manera desigual y convierte el cuidado —trabajo mayoritariamente feminizado— en un servicio invisible e impago que sostiene al sistema productivo entero.
Cocinar, cuidar, limpiar, acompañar, criar, sostener emocionalmente: son trabajos que —medidos en horas, en esfuerzo, en salud— no aparecen en el PBI, no generan aportes jubilatorios y no cuentan para la carrera laboral. Sin embargo, son estas mismas tareas las que financian la fuerza de trabajo que aparece en las estadísticas, porque, al final del día, alguien tiene que garantizar que las personas que van a trabajar puedan hacerlo. Esta doble jornada (trabajo remunerado más trabajo doméstico y de cuidados) que los feminismos han logrado identificar con tanta precisión, es la razón principal por la que las mujeres dedican menos horas al mercado formal, ocupan empleos de tiempo parcial con menor cobertura de derechos, y acumulan lagunas previsionales que se traducen décadas después en jubilaciones más bajas o, directamente, en la imposibilidad de jubilarse.
Si la brecha salarial describe la situación de quienes lograron insertarse en el mercado laboral, hay un conjunto de personas para quienes el problema es, directamente, la exclusión del empleo formal: las personas trans y no binaries (TTNB), enfrentan una cadena de vulneraciones que comienzan en la infancia (expulsión del hogar y la escuela), continúan, en la mayoría de los casos, con la criminalización policial y la discriminación institucional, y desemboca en la informalidad laboral.
La Red Latinoamericana y del Caribe de Personas Trans calcula que aproximadamente el 95% de las mujeres trans y travestis de la región ejercen el trabajo sexual, y que su promedio de vida ronda los 35,5 años, frente a 75 de la población cisgénero
El Día del Pago Igualitario no puede reducirse a una efeméride centrada únicamente en las desigualdades del mercado laboral entre mujeres y varones cis. Debe, además, contemplar la estructura en su conjunto, incluyendo a quienes ni siquiera acceden a un salario sobre el cual pueda medirse una brecha.
La brecha en números: un panorama regional
En Latinoamérica, la Radiografía de las Mujeres en el Trabajo 2026 de Buk, basada en datos administrativos de 1,15 millones de trabajadores, arroja las siguientes brechas salariales no ajustadas: Chile 17%, México 16,6%, Perú 11,9%. A nivel regional, la diferencia promedio es de 16,9%, equivalente a USD 297 mensuales en favor de los hombres.

Por otro lado, la Organización Internacional del Trabajo advierte que al ajustar la medición según nivel educativo, tipo de empleo y horas trabajadas, la brecha podría ser mayor de lo que sugieren los indicadores no ajustados. Por hora trabajada, las mujeres reciben ingresos un 17% inferiores a los de hombres con la misma edad, educación y composición del hogar. En lo que respecta a la participación en el mercado laboral, solo el 50% de las mujeres participa en él frente al 75% de los hombres en la región.

Los números no mienten, pero tampoco alcanzan para describir lo que significan en la vida cotidiana de las personas.
Detrás de cada porcentaje hay mujeres que salieron antes del hogar para llegar a tiempo al trabajo y volvieron para hacer el segundo turno sin remuneración; hay personas travestis y trans que no aparecen en ninguna de estas estadísticas porque el mercado formal nunca les abrió una puerta; hay jubiladas que cobran haberes mínimos porque sus años de cuidado no dejaron aportes.
Los datos regionales confirman lo que los feminismos llevan décadas señalando: la desigualdad no es un accidente ni una anomalía, es el resultado esperable de un sistema asimétrico.
Por ello, conmemorar este día desde una perspectiva transfeminista es negarse a reducirlo a un porcentaje. Es nombrar el trabajo invisible. Es exigir que el Estado que retira la protección de las mujeres y disidencias sea cuestionado. La igualdad salarial se conquista con políticas públicas que reconozcan el trabajo de cuidados, con sistemas de protección social que incluya a quienes el mercado expulsa, y con la decisión política de que ningún cuerpo vale menos.